jueves, abril 19, 2007

La poesía y los golpes

Detesto la poesía, claro, pero a veces se me mete en el tarro y no encuentro la forma de abrir la tapa de los sesos para espantarla. Por eso esta mañana salté de la litera con la miel en los labios: «A veces pienso que mi vida es el crujir del avispero; mi corazón, una colmena muerta».

Rosbif, mi compañero de celda, un peruano de figura torva que ha vivido muchos años en Escocia y que ha ido dejando a su paso un puñado de cadáveres como quien deja el tabaco, me miró confuso. Yo seguía a lo mío, qué otra cosa puede hacer uno cuando está en racha: «Pero no hay para tanto: mi cuerpo aún alberga unas pocas abejas...».

Hasta un analfabeto hubiera podido leer en el rostro de Rosbif la mudanza que había convertido su perplejidad en irritación, pues no entendía qué coño andaba yo diciendo; si en el talego cualquier palabra desconocida es interpretada como un insulto, un poema como aquél no dejaba de ser una declaración de guerra. Oí como gruñían las falanges de sus dedos al apretar el puño.

Solamente mis últimas palabras fueron capaces de contener la ira de su mano cerrada acercándose a mi cara. «...y todas ellas con el aguijón bien afilado, por si vienen a hincharme los cojones». Rosbif pareció calmarse ante la aparición de una palabra amiga. Al final, salvé el golpe por poco. Ya he dicho que detesto la poesía.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Para unos la poesia es arte para otros ......, pero de un apuro no siempre te salvan las palabras

PIRELLI dijo...

Ya te digo, macho. Aquí dentro la poesía sirve de bien poco. Los marrones hay que comérselos con patatas. Una buena baqueta bien pelada para que sirva de navaja, eso sí que tiene utilidad. A ver si viene pronto algún grupillo a darnos un concierto. Y, si no, que vengan El Rosen o El Robe y entonces sí que la armamos...

migueli dijo...

mejor que vuelva el coro de la cárcel.. no te jode!!!