domingo, abril 29, 2007

Ventajas de ser un delincuente

Una nueva píldora del doctor Pirelli: «Los delincuentes tenemos una ventaja sobre los policías: siempre vamos por delante…».

jueves, abril 26, 2007

Coplas para una vida feliz

A Fúlner, que es el intelectual del módulo (imagínense: casi termina el BUP en el nocturno y todo) le ha dado por la poesía. No contento con eso, se dedica a revisar a los clásicos (peña que lleva en el hoyo cientos de años). Ayer andaba recitando por el patio a no sé que fraile del siglo XVIII como si tal cosa. Eran unos versos que aconsejaban el modo de alcanzar la salud y, con ella, la felicidad. Nada menos. La cosa iba tal que así:

«Vida honesta y arreglada, / usar de pocos remedios / y poner todos los medios / de no alterarse por nada; / la comida moderada; / ejercicio y diversión; / no tener nunca aprensión; / salir al campo algún rato; / poco encierro, mucho trato / y continua ocupación».

Me conocen (o empiezan a conocerme), así que entenderán que no haya podido evitar darle unas vueltas al asunto hasta dejarlo más bien patas arriba:

Vida chunga y alterada,
usar drogas si hace falta,
e irritarse a todas horas,
hecho una fiera si cabe;
comer como una alimaña;
indolencia y unas risas;
no olvidarse que la muerte
duerme en el catre de al lado;
dar paseos por el patio;
mucho encierro, poco trato
y tocarse bien el nabo.

Anda que no haría con esto El Robe, patrono de Extremoduro, una copla de las suyas…

martes, abril 24, 2007

El zar del vodka

Se ha ido uno de los grandes. Finalmente se le fundió la patata a un tipo que nos ha regalado grandes tardes. Digamos adiós al comunista caníbal, al marido de Naina, al zar del vodka. Tus amigos no te olvidan, Boris. Nosotros tampoco.

viernes, abril 20, 2007

Banderas a media asta

Y les digo yo a todos esos patriotas de medio pelo que hacen guerras por un trozo de tierra que se olviden de mí, que mi patria son mis pies y mi bandera los calzones que llevo puestos. Claro que bien es cierto que en estos últimos meses ondean muy malamente, porque aquí en le talego, la verdad, no hay mucho que rascar (más bien no hay nada, salvo que uno se dedique a rascar donde no debe, que no es el caso). Tal vez cuando me concedan un permiso extraordinario pueda toparme con una anabolena de mal gusto que me levante el asta por unos pocos euros. Tal vez. Sólo tal vez, me temo. No somos nada.

jueves, abril 19, 2007

La poesía y los golpes

Detesto la poesía, claro, pero a veces se me mete en el tarro y no encuentro la forma de abrir la tapa de los sesos para espantarla. Por eso esta mañana salté de la litera con la miel en los labios: «A veces pienso que mi vida es el crujir del avispero; mi corazón, una colmena muerta».

Rosbif, mi compañero de celda, un peruano de figura torva que ha vivido muchos años en Escocia y que ha ido dejando a su paso un puñado de cadáveres como quien deja el tabaco, me miró confuso. Yo seguía a lo mío, qué otra cosa puede hacer uno cuando está en racha: «Pero no hay para tanto: mi cuerpo aún alberga unas pocas abejas...».

Hasta un analfabeto hubiera podido leer en el rostro de Rosbif la mudanza que había convertido su perplejidad en irritación, pues no entendía qué coño andaba yo diciendo; si en el talego cualquier palabra desconocida es interpretada como un insulto, un poema como aquél no dejaba de ser una declaración de guerra. Oí como gruñían las falanges de sus dedos al apretar el puño.

Solamente mis últimas palabras fueron capaces de contener la ira de su mano cerrada acercándose a mi cara. «...y todas ellas con el aguijón bien afilado, por si vienen a hincharme los cojones». Rosbif pareció calmarse ante la aparición de una palabra amiga. Al final, salvé el golpe por poco. Ya he dicho que detesto la poesía.

lunes, abril 16, 2007

Lagarto, lagarto

Miren que nunca he creído yo en esto de las maldiciones, que siempre me he reído con la boca muy abierta de quienes se tragan todos esos cuentos y se estremecen cuando una gitana enrabietada les dice a grito pelado «¡que los pelos se te vuelvan serpientes!» y consuman rituales increíbles para volver a la normalidad (desde un cruce de dedos hasta la quema enajenada de fotografías y cabellos de algún pariente cercano). Miren que siempre he dicho que mal rayo parta a quienes creen en todas esas patrañas.

Pero resulta que unos seis años atrás, Carapetardo, un agonías de rasgos explosivos con quien compartí chabolo en el Centro Penitenciario El Acebuche de Almería (carretera Cuevas-Úbeda, kilómetro 2,5), me lanzó un maleficio de los buenos. Descansábamos en la celda, tumbados en las literas, cuando me dijo envalentonado, mientras terminaba de cortarse la uña del dedo gordo del pie derecho: «Así que no crees en estas cosas, ¿eh, Pirelli?. Pues yo puedo conseguir que cambies de opinión...». «¿Ah, sí?», contesté desafiante, «¿y cómo lo vas a hacer? ¿Me convertirás los pelos en serpientes?». «No es fácil», dijo, «estás calvo como una avellana. Bastará con que te diga lo siguiente: cada vez que levantes la tapa del váter, te acordarás de mí» –concluyó lanzando al aire el cerco redondeado y negro de otra de sus uñas.

Y, maldita sea, a pesar de lo que me reí entonces, que me aspen si aquella no resultó ser una maldición de lo más efectiva. Precisamente vengo del retrete y, una vez más, no he podido evitar acordarme de Carapetardo. Así que el tío mierda lo consiguió finalmente. Lo que no sabe es que su maldición se ha ido acrecentando con los años. Ahora, cada vez que levanto la tapa del váter no solo me acuerdo de él: me acuerdo también de todos sus muertos. «Lagarto, lagarto, macho: lagarto, lagarto».

domingo, abril 15, 2007

De suites y chabolos

Bueno, ya estoy aquí de nuevo. No se alarmen si me ausento de tanto en tanto durante unos pocos días: la soledad va y viene, y además resulta muy útil para recargar pilas, aunque a estas alturas uno tiende a pensar que sus pilas no son recargables. O eso, o que la celda de aislamiento no es precisamente la suite del Hilton… En fin, vuelvo a ver el cielo, que no es poco.

jueves, abril 05, 2007

Un país lleno de viejos

Disertábamos el otro día en el patio sobre una noticia que alguien había oído por ahí, según la cual en el año 2050 uno de cada tres españoles tendrá más de 65 años.

Mientras casi todos estábamos de acuerdo en lo bien que nos vendrá en el futuro la experiencia acumulada por un tercio de los españoles, El Chutas, un primavera incoloro que cumple condena por un mal asunto de drogas (como la mayor parte de los que pueblan el módulo), meneaba la cabeza, imaginando un país lleno de viejos. Levantó su mirada de polen y se quitó la baba reseca de los laterales de la boca para decir que qué se podía esperar de una sociedad tan anciana, que menudo desastre que le esperaba a España y que no sabía adónde íbamos a llegar a ese paso.

El Abuelo, un gitano sabio que nos consuela con sus cavilaciones, le dijo que parara el carro, que a ver cuántos años creía que iba a tener él en el 2050.

Entonces El Chutas hizo cálculos: disparó uno a uno sus dedos de las dos manos hasta que, unos minutos más tarde, halló por fin el resultado de aquella operación, no tan básica para él: «¡Joder, setenta y cinco años, macho!», dijo a gritos llevándose las manos a la cabeza. No se puso pálido porque hay un tono de blanco (el de su piel) que no se puede aclarar. Se quedó pensativo un buen rato, rumiando la mala sombra de los mayores, la tragedia de que no se les preste atención ni se les tenga en cuenta para nada. Debió de verse a sí mismo encerrado en un asilo (esa sala de espera que precede al hoyo), sin más cariño que el del asistente que fuera de cuando en cuando a limpiarle los calzones, porque la cara que puso fue todo un poema.


Luego, levantó las cejas de un golpe, como alumbrado por una fantástica bombilla, y, con una sonrisa que le doblaba la boca, dijo eufóricamente: «Qué narices, con todo lo que me he metido en estos años, no llego a los setenta ni de coña. ¡Que se jodan!». Nadie volvió a sacar el tema. Para bien o para mal, las cosas en el talego son así.

martes, abril 03, 2007

La fiesta

Está decidido: celebrarán una gran fiesta el día en que me muera. No es que tenga previsto morirme en breve, mala cosa sería, pero cuando uno ha llevado la vida que yo he llevado, no debe descartar la idea de palmar de repente.

Lo he dejado todo preparado: dos mil euros como dos mil soles a beneficio de algunos de mis colegas más audaces; un último regalo para quienes no han tenido tanta prisa.

Sólo hay un problema: desde que he tomado esta decisión, cada vez que me doy la vuelta siento la mirada afilada de mis amigos clavándoseme maliciosamente en el cogote.

No es que me agrade la situación, ni mucho menos, pero no puedo culparles: al fin y al cabo, una fiesta es una fiesta.

domingo, abril 01, 2007

Una por otra

Al parecer, medio país anda escandalizado porque Zapatero ha dicho sin inmutarse que el precio de un café ronda los ochenta céntimos. No sé de qué se extrañan. En los bares que yo frecuento cuesta eso, y a veces ni llega. Claro que ahí no dejan entrar a cualquiera. Y menos a gente de su calaña (por lo que tiene de político, ya me entienden). Al fin y al cabo, tampoco ellos ven con buenos ojos que nosotros pisoteemos los suelos alfombrados de su Moncloa. Lo dicho: una por otra.

La verdad, hay que ver lo que son las cosas: finalmente –quién me lo iba a decir–, este primer mensaje de mi andadura cibernética va por usted, ZP. Así que no me venga con historias: téngalo en cuenta a la hora del indulto. Una por otra, Presidente, una por otra.